La frase más impactante de toda la educación católica que intentaron meter en mi cabeza fue la de «y Dios dijo: hágase la luz»… luego llegaron las clases de filosofía y me enseñaron a llamar a los puntos de partida: axiomas, la carrera y el twitter me enseñaron a sintetizar y, en la cocina, aprendí a deconstruir platos que, de por si, ya estaban suficientemente buenos. Y supongo que una mezcla de todo eso es lo que intentaron hacernos ver los artistas participantes en el Y2K14 looping festival. Al fin y al cabo, aunque sin luz todo sería una densa oscuridad, sin sonidos sería más difícil hablar de felicidad, al menos, si como yo, tenéis casi los mismos puntos erógenos en el oído que en la entrepierna. Quizá por eso, precisamente, me parece tan necesario distinguir el ruido del sonido, y una vez hecha esa diferenciación, buscar el axioma de esa nota básica, o deconstruir lo que podría ser una canción en partes desordenadas. Supongo que después de dos días de bucles cerrados es lo que aprendí, que aunque cada músico sea hijo de su padre y de su madre, todos tienen un punto en común llamado música y como interpretar esa posible composición, hace de la variedad un gusto maravilloso.
El día empezó con una lentejada en la Ambrossía. Allí, respiramos ambiente musical en una larga mesa en la que todos trataban de sacar a relucir toda la sabiduría adquirida con los años y enseñar, y aprender, una parte de esa experiencia puesta en común. Luego llegaron las pruebas de sonido, el escenario se llenó de Mac´s y pedales, echamos mano de las primeras cervezas… y cuando nos dimos cuenta, eran las siete y media y Jose Luis Santacruz estaba haciendo sonar su saxo sobre las tablas. Nuestra cabeza estaba algo resentida del día anterior y costaba un poco más abrir la comunicación con los artistas. Cromofono nos sonó a un motor de arranque en stanby, un ritmo improvisado con pianos y percusiones seminterrumpidas muy apropiadas para cortar el pulso de la rutina y retomarlo en una deriva más acorde con el fin de semana. Después, seidagasa acabó de desmontar nuestro concepto de construcción musical y, por un momento, nos sentimos niños que tienen por primera vez ante si, un lego, y se ponen a mezclar colores y estructuras horizontales y verticales sin la supuesta lógica que la visión espacial nos da con el paso de los años.
Con el alemán Alex Kazmidi volvió la deconstrucción de las notas y la oscuridad. Como buenos fanáticos de la distorsión, agradecimos esos guiños al ruido emergente de su guitarra, que luego se acabaría de descordinar del todo, cuando acompañó a Kurt Rosenwinkel en el cierre del festival.Aquí tenéis, también, la crónica del primer día;
Las fotos son de J. Luenguer: https://m.flickr.com/#/photos/luenguer2/sets/72157649384545078/










cojonudo (Y)